¿Somos estrellas fugaces? ¿De papel? ¿O simplemente las estrellas del cielo que podemos ver cada noche? La verdad, creo que da igual. ¿Qué más da si le ponemos un nombre u otro? Al final, solo hay que pensar que somos invencibles, con un alma eterna que no se deja pisotear por todos aquellos que solo corren, hacen ruido, desconocen lo que es vivir en realidad, sin enfermedades que les atenacen ni les pongan un tiempo límite donde todo terminará. Pero... ¿de verdad están viviendo?
No lo creo, porque yo misma me di cuenta del significado de vivir cuando la enfermedad entró en mi vida sin permiso, y para quedarse como si no hubiera otra opción. Pero ¡ojo!, que antes de eso tenía civismo con quien me rodeaba, uno que hoy en día parece desaparecer como las estrellas durante el día. Eso unido a la empatía que se debería tener, hizo que en mi carrera sanitaria viera mundos diferentes y momentos inolvidables. En los ojos de los pacientes se podían observar cientos de estrellas, de todos los tamaños y diferente luz, pero al final de mi camino con ellos todas brillaban de una manera más intensa de lo que nunca había visto.
En el día a día, se va en automático: despertador, trabajo, hijos, televisión y vuelta a lo mismo a los mismo. No sé vosotros, pero en mi caso, para bien o para mal el poder trabajar como tal, se terminó. Trabajo en mí, en cómo mejorar y en poder aislarme de toda esa falta de empatía hacía cualquiera que tenga algún problema, sea cual sea. Sabéis tan bien como yo, que el mundo se lo pierde. Dejan pasar a personas que pueden ayudar más allá de una tarjeta de fichar cada día. Estamos más allá de todo eso, somos capaces de VIVIR, sí con mayúsculas. Sabemos lo que es compartir de verdad y con el tiempo sabemos discriminar quien suma y a quien poner buena cara aunque por dentro estemos visualizando cómo se desintegran frente a nosotros con su falsedad y postureo. Solo so muestran cómo dibujos animados en nuestra cabeza. El Sálvame de la vida se cimentó poco a poco, la falsedad conseguía abrirse camino hasta el punto de que los que no la practicamos somos los raros. "Mira, una persona que no practica la falsedad, jajajajaja", "qué triste será su vida sin tener gente a su lado"... ¡Vamos! Lo que en mi época se llamaba bailar el agua.
¿Vosotros le bailas el agua a alguien? No hablo del cuñao en reuniones familiares varias, ni en la vida laboral que pueda llevar cada uno, hablo, de conversar con gente cercana con falsedad y diciendo que sí a todo. He de decir, que a veces en las comunidades de vecinos, es imposible no hacerlo; al vecino ruidoso, a los niños mal educados... ya me entendéis. El silencio, las meditaciones estoicas de personas que allá por su época ya sabían lo que era vivir con penurias por guerras, falta de comida, techo, enfermedades sin ningún tipo de paliativos... lo tuvieron claro: dominar la mente evitaba que el comportamiento de los demás les afectara. Cuesta, no diré lo contrario, pero brillar tanto en la oscuridad como a la luz del día es posible. Lo ponen complicado, restar supera a la suma que se podría tener, ¿pero qué gracia tendría eso? Las enfermedades nos convierten en luchadores, nos dan las corazas que nos ayudan en los momentos bajos.
Sonreír todos los días y agradecer... SIEMPRE. La luna agradece tener estrellas que la acompañen como nosotros debemos agradecer cada día las miles de cosas positivas que nos pasan, desde un simple café por las mañanas hasta una quedada con gente con la que estamos a gusto. A veces las encontramos en nuestro camino por que las pusieron allí, en otras ocasiones donde menos pensábamos que estuvieran. Cuesta creerlo, pero están, sin preguntas, sin obligaciones que hacer, sin necesidad de justificaciones, solo están.
¿Os sentís identificamos? No es fácil, pero cuanto antes nos abramos a gente que puede aportar mucho, antes aprenderemos quienes no lo hacen y simplemente se quedan atrás. No hay que buscar a quién se fue sin despedirse porque nuestra luz sigue presente, igual más brillante por alejarse de personas que solo hacen sombra. Ya decían hace muchos siglos que tenemos dos oídos y una boca para escuchar el doble de lo que debemos hablar. Para esto ayuda decir que no, sin explicaciones, porque cuando es un hábito y nos centramos en nuestra salud, vaya si cambia nuestra vida.
Solo queda disfrutar, agradecer a quien queremos que esté y no pone problemas y así poder VIVIR. No lo dudéis y a disfrutar de los pequeños detalles, los momentos plenos y la vida que se nos brindó.

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