“En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna, la Virgen y San José y el niño que está en la cuna…”
“Yo me remendaba, yo me remendé, yo me eché un remiendo yo me lo quité”
A ver, vayamos por partes… ¿Quién no
recuerda su infancia con la pandereta —o lo que sea que encontráramos
por casa—, la zambomba y demás «utensilios» navideños de nuestra
infancia? No tengo hijos, así que desconozco si hoy en día aún los
utilizan los más pequeños de casa; pero permitirme que lo dude. ¿Y eso
de remendarse y los calzoncillos los están royendo? Echando la vista
atrás, no debí remendarme —y mis amigos escleróticos me da que tampoco—
nada bien, por mucho que lo cantara a viva voz junto al belén. ¿Conexión
de esta introducción tan extraña; si es que aún estás leyendo, con la
esclerosis? Villancicos con letras que la mitad —y soy muy generosa— no
entendíamos, o al menos no del todo, luces por doquier, días sin
colegio, polvorones en cada rincón de casa (¡perdón! Creo que todo eso
se ajusta más a las películas navideñas de Antena3 a las 15.30), se
explicaba con una sola posibilidad: La ilusión. Y sí, en mayúscula; no
hay ilusión mayor que la Navidad en la infancia. Nosotros, tenemos La
ilusión «esclerótica».
Muchos dirán que es un argumento fácil,
muchos —enfermos o sanos— pierden la ilusión, no solo por la Navidad,
sino por la vida en general por los años y los golpes de la vida, pero…
¿y nosotros? Quizá no tenemos La ilusión, porque nos llega demasiado
impuesta y con demasiadas obligaciones, sin embargo… ¿qué ocurre con
nuestras ilusiones de… ¡Hoy siento los dedos! ¡Hoy no me quiero arrancar
la piel a jirones de tanto picor! !Hoy puedo andar en línea recta sin
caerme…incluso sin cojear! No nos engañemos, tenemos cada día ilusiones
—no nos las patrocina El Corte Inglés—, pero son nuestras, únicas y
entendidas solo por nosotros: ilusiones escleróticas.
¡Viva la Navidad!
!Viva la lucha diaria y todo lo que nos descubre de nosotros mismos!
¡Viva el encontrar gente que no nos mira con cara de «qué tía más rara» y entiende chistes que solo nosotros comprendemos!
Viendo las lucecitas, esos polvorones que
aunque engorden son una vez al año —o eso queremos creer— y ¡viva la
vida, aunque sea Navidad! Solo tenemos una (vida, no Navidad que hemos
tenido y tendremos mil más), y la nuestra es especial, nos descubre que
somos luchadores, que podemos ilusionarnos aunque no sea Navidad y que
nos ha elegido porque somos especiales. Yo he tenido la suerte de
conocer hoy, a un «Iron Man» que nos empuja a seguir todos los
días, cuyo ejemplo nos da fuerzas cada mañana, y aunque la pareja que
duerme junto a nosotros tenga que aguantar algún grito que otro… ¡Las
personas sanas también gritan, se desesperan y buscan cambios sin razón
aparente! Nosotros tenemos una razón muy poderosa: La ilusión. Vivimos
cada día como un regalo y disfrutamos de cada minuto como si fuera
especial; porque… ¿por qué no iba a serlo?
Desde aquí os quiero desear Feliz
Navidad, Feliz Año y todas esas cosas que dicen, porque no debemos —ni
podemos— perder nunca nuestra ilusión tan particular y tan nuestra.
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