Un solo segundo


 Me voy a la cama como otra noche más desde que llegué a mi nuevo centro de trabajo a 400km de casa. Tras haber cenado y visto la televisión un rato, el silencio me envuelve entre las sábanas y caigo en un profundo sueño hasta que las ganas de ir al baño me despiertan. Intento abrir los ojos, lo hago, aunque no sin esfuerzo. Me siento lejos del calor de la cama y al ponerme en pie me caigo al suelo. Cuando consigo levantarme, enseguida pienso en lo dormida que sigo aún para no tenerme en pie, llego a la puerta (ni a un metro de la cama) y comienzo a tambalearme... Tanto, que opto por ir arrastrándome por las paredes hasta alcanzar el baño. De vuelta a la cama, el mismo plan. No lo pienso. ¿Para qué? No me duele nada, solo será que sigo en fase R.E.M...

A la mañana siguiente me despierta el sonido de la radio y nada más abrir los ojos, recuerdo la extraña visita que tuve al baño la noche anterior y siento verdadero pánico por si esa pesadilla se volvía a repetir, aún con la la luz del sol entrando por las ventanas. Repito el sentarme en el borde de la cama, de manera lenta e intentando observar si hay algo, que cómo fisio, me pueda indicar si aún me ocurre lo mismo que hace unas cuantas horas. Me pongo en pie y de manera automática, casi sin pensar, apoyo los brazos extendidos en la pared frente a mí. Consigo hacerlo, pero no sin sentir esa flojera en las piernas que no creo que me permita andar de una manera considerada como normal. Lo dejo. No pienso. Voy a la cocina como puedo, caliento el cazo de leche y tomo unas galletas.

No pienses.

No pienses.

Llega el siguiente trago: conducir hasta el trabajo. Aún no sé (tampoco lo he mirado), el autobús que me lleva a Irún desde Fuenterrabía, así que me armo de todas las fuerzas que tengo, físicas y anímicas, y conduzco los 7km que me separan de mi centro de trabajo. Cuando llego, mi jefe me mira con expresión extrañada y voy directa a hablar con las doctoras que aún no están pasando consulta. Ambas me exploran y piensan que puede ser un problema del sistema nervioso periférico, al igual que yo. 

¿Qué más podría ser?

Paso el día como puedo hasta que mi jefe me dice que debo ir a uno de los médicos del hospital con los que tiene convenio la empresa, que una de mis compañeras enfermeras me llevará, y ya se decidirá qué hacer en fundión del diagnóstico. Cuando llegamos allí, paso a consulta, y como suele pasar, parezco estar mejor que cuando amanecí esa misma mañana, aunque la expresión de médico parece expresar algo bien distinto. Me dice que tiene que hacer unas pruebas que no cubre el convenio, y me pregunta si tengo alguna compañía privada con la que trabajen ellos. Gracias a Dios (y mis padres), la tengo.

Salgo a esperar fuera mientras llamo a las doctoras y les leo que la resonancia indica ... posible enfermedad desmielinizante ... En ese momento, y a pesar de que ambas intentan calmarme, mi corazón comienza a palpitar fuerte y rápido cuando oigo que me llaman para pasar la prueba: Resonancia Magnética: veinte minutos, contraste y una media hora más. Salgo por mi propio pie y me indican que espere a que me llame el médico.

Mi compañera enfemera no está y en esas paredes color caqui, la esperanza parece haber pasado a mejor vida. Se abre la puerta del médico y tras llamarme, paso intentando que la flojera no vuelva (cómo si fuera decisión mía...): El resultado parece claro, Esclerósis múltiple, pero debemos realizar una prueba más, una PL (punción lumbar) para obtener todos los datos posibles y necesarios para el tratamiento.(Urbasón) 

De vuelta a la sala de espera tan alegre, me encuentro con mi compañero fisio (ahora fisio de la Real Sociedad aunque no venga a cuento) y lo primero que pasa por mi cabeza es llamar a mi pareja y decirle que no podremos tener hijos. En aquella época aún se desconocía el efecto que tendría para paciente y feto, la gestación con esclerosis, anda que no han cambiado las cosas a día de hoy... 

Mi pareja deja eso a un lado y se centra en ese diagnóstico que nunca antes había escuchado, las lágrimas comienzan a correr por mis mejillas al intentar explicárselo, cuando siento cómo los brazos de mi compañero me aferran intentando mostrar una cercanía que alejara la soledad por estar tan lejos de mi familia y entorno.

Tiempo después, me asignan una habitación para realizar la PL y ¡susto! El médico toca algún nervio que provoca que mi pierna propine una patada a la enfermera que tengo frente a mí. Me disculpo y su mirada dice más que cualquier palabra que hubiera pronunciado. Ya tumbada, como indica el médico, mi compañero entra, y puesto que recomiendan pasar los días con Urbaspón por vena en el hospital al no tener a nadie allí, él y su chica se ofrecen a ir a mi casa y llevarme lo que podría necesitar.

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Así, en un solo segundo de la noche anterior, mi vida cambió sin vuelta atrás. Había trabajado con pacientes con Esclerosis múltiple, en todos los grados de evolución posibles (aunque mayoritariamente en los más avanzados) y no quería vivir eso desde el otro lado de la camilla. Me siento como tantas otras veces viendo partidos de fútbol: la decepción que un solo segundo se torna en la euforia mas absoluta con un gol de mi equipo... como cuando sin esperarlo recibes la respuesta que ya casi no esperabas recibir... como cuando de repente, tu vida cambia sin vuelta atrás en un solo segundo.
















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